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28 de julio de 2014

Las aguas jordanas: Aqaba y el Mar Muerto

Ubicación: Aqaba, Jordania


Los corales del Mar Rojo son proverbiales... con éste pensamiento me acercaba a Aqaba, el único puerto por el que Jordania se asoma al mar. 


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Donde el desierto muere al encontrarse con un agua de intensos azules entre los que destaca el que llamamos turquesa. Un agua limpia y cristalina aunque salpicada de algún que otro neumático, algún que otro tanque (sí, tanque de guerra), y bastantes plásticos de diversos tipos. 

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La silueta de un barco hundido

Yo no entiendo de buceo, no sé bucear ni hacer snorkel aunque de pequeña sí utilicé unas gafas para sorprenderme con los fondos marinos de Ibiza, un verano de hace ya muchos años. Cuando entonces no se conocía la palabra snorkel en nuestro país, por cierto. 

Me iba a reencontrar con esta actividad, porque el plan era montar en una barca y durante dos horas, entre la ida, la vuelta y el fondeo en algún lugar paradisíaco, nos tiraríamos al agua y alucinaríamos con el mar como en los documentales de National Geographic. Algo así me habían dicho que sería la experiencia. Unas expectativas muy altas, demasiado altas! 

La barquita en cuestión: de madera, pintada de colores, con un toldo (menos mal) y decoración muy kitch como gustan en este país, incluidos unos enormes corazones hechos de seda y con bordes de espumillón de Navidad, por supuesto de factura china, era bastante pintoresca. Un pequeñísimo recuadro, en el centro, hacía de ventana al fondo marino. 
Aunque el cristal estaba bastante rayado y por supuesto era muy grueso, digamos que "aún se veía algo". 

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El motor de la barca, renqueante, nos hacía avanzar muy lentamente... pero muy pegados a la costa. Así, pasamos junto a unos muelles donde un par de barcos mercantes enormes estaban anclados.

La carretera también corría en esa dirección, y a mi no me parecía que aquello fuera muy inspirador, la verdad. 

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Me concentré en los descubrimientos que podíamos hacer a través del grueso cristal, aunque prefería mirar al mundo real por encima de la borda: 

Enormes esponjas adosadas a las rocas del cercano fondo, a veces salpicadas de extrañas flores acuáticas de color morado intenso, que me encantaban, y muy de vez en cuando, minúsculos pececillos de colores. 

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Cuando llegamos al destino elegido para fondear y tirarnos al agua... Estábamos a unos 30 metros de la "orilla", debajo de la carretera, y frente a unos tubos enormes de desagüe por los que afortunadamente en ése momento no parecía salir nada. 

Animosa, junto con algunos otros, cogí las gafas que nos prestaron y me tiré al agua. ¿Os he contado alguna vez que soy una pésima nadadora? Pues si no lo he hecho, ahora lo sabéis. Cuando era pequeña no aprendí del todo bien, y al dedicarme a viajar con mis padres, no priorizando el turismo playero ni piscinero, y que nunca me ha parecido excesivamente atractivo ése tipo de descanso, y viviendo en Madrid... blanco y en botella. No son excusas, ya lo sé, pero es lo que hay. Qué se le va a hacer. Quizá un día le ponga remedio. 

El caso es que me agarré a la barca como pude, temerosa de no aguantar. Pero la quilla estaba un poco alta para mi. Me puse las gafas (como pude, de nuevo) pero en cuanto me solté y sumergí un poco todo se llenó de agua, también mi nariz, así que me impulsé hacia arriba y volví a agarrarme a la barca, ése salvavidas dudoso, mientras los demás ponían rumbo al sueño de coral que decían había un poco más allá. 

Lo volví a intentar, fracasé, me entró el pánico, y finalmente subí a bordo con algo de esfuerzo y mucho susto en el cuerpo. 
Mis compañeros volvieron un ratito después diciendo que habían visto muy poco, que la profundidad y la turbiedad del agua, y esas gafas traicioneras, no les habían dejado disfrutar del espectáculo anunciado. Si es que realmente existía. 
En fin, quizá haberle dedicado más tiempo y en otro barco, en otro punto de esa esquinita del Mar Rojo, nos hubiera transportado a los documentales ya citados. O quizá sea un mito. 

Tras secarnos y vestirnos en unos baños públicos que hay junto al muelle, nos fuimos a dar una vuelta por el centro de Aqaba antes de comer y poner rumbo al Wadi Rum, donde pasaríamos la noche. 

Esta parte ya me gustó mucho. Había leído que Aqaba no tiene prácticamente nada que ver, que es una ciudad fea y polvorienta, y... tienen razón, pero está llena de gente amable, de vida, del trasiego del día a día en el zoco, y nos lo pasamos muy bien en los puestos de especias con sus simpáticos vendedores que nos daban a probar desde una sal aderezada con limón de potentísimo sabor, hasta un delicioso sésamo tostado que al final acabé comprando; contemplamos las cabezas de vaca recién cortadas que hacen de reclamo en las carnicerías, tomamos un riquísimo café en una tienda preciosa dedicada sólo a este producto, y saludamos a los hombres que fumaban con sus narguiles mientras echaban la partidita... 

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El cardamomo se utiliza para perfumar el café, y realmente está muy rico! 


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Así que me quedo con esta Aqaba, la humana. 


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Pero aquí no acaba esta historia, je, je. Uno o dos días antes habíamos hecho la visita de rigor al Mar Muerto, el otro punto "acuático" de Jordania. 

Mi experiencia con el agua esta vez fue... de lo más placentera, ja, ja!! 
Aquí no necesitaba preocuparme de "mis dotes de nadadora", y de hecho es más que recomendable no intentar nada al respecto, no vaya a ser que una gotita saladísima entre en los ojos y te veas en serios problemas. Bueno, tampoco hay que exagerar pero sí hay que ir con cuidado, sobre todo para no meter la cabeza bajo el agua. 

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Pasándomelo en grande en el agua, sin despeinarme, ja, ja!

No me esperaba las instalaciones que encontramos en esta parada. Un pequeño complejo que incluía piscina cobraba una entrada más que alta, pero incluía la comida en el restaurante (buffet) y el uso y disfrute de la playa, piscina, y duchas -muy necesarias éstas-. Por cierto, aquí o en Amman o en el propio aeropuerto es muy recomendable comprarse alguna crema y jabones hechos con los materiales del Mar Muerto, son muy buenos. 

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En cuanto nos cambiamos en las duchas, bajamos a la orilla un pelín emocionados, y lo primero que me sorprendió fue encontrarme con un mar azul precioso, y un agua bastante transparente. No me preguntéis por qué, pero en mi imaginación había pensado que el Mar Muerto sería de un color más parecido al de nuestros pantanos. Un agua turbia, más cercana al color del limo del fondo. Nada que ver!! 

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Lo que por supuesto es cierto es que el atisbo de vida es nulo. La cantidad de sales y minerales que se concentran en estas aguas sólo permiten la vida de algunos microorganismos que el ojo humano no puede ver. El fondo es de piedrecillas y el agua está fresca, más cuanto más te adentras en él. 

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Algunos no se fían ni del Mar Muerto

Cuando te sientas en el agua, o haces el movimiento para tumbarte de espaldas, notas cómo una fuerza te impulsa hacia arriba y flotas!! sin tener que quitarte las gafas de sol, pudiendo llevar en la mano la cámara con toda comodidad, podrás flotar semi-incorporada el tiempo que quieras, como si andaras sobre una colchoneta fantasma. 


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Si quieres, puedes darte la vuelta, siempre con la cabeza levantada... entonces las piernas se impulsarán hacia arriba. Es una sensación de lo más divertida! 

Tras el primer baño (me di otro gustosamente), mientras me secaba al sol, noté que tenía la piel cubierta por una especie de aceite o grasa que según se iba secando iba tornando en blanca. La sal. 
Ahí también me di cuenta de que tenía cutículas... todas las cutículas que rodean las uñas de las manos y los pies empezaron a hacerse notar por el escozor que se iba intensificando. Menos mal que no tenía heridas, porque si no, habría aullado de dolor. 

Algunos decidieron cubrirse hasta las orejas del barro negro extraído del fondo de este mar que no termina de serlo, a cambio de 3 dinares (algo más de 3 euros), pero a mi me dio pereza esperar a que se secara para volver al agua así que dejé esa otra experiencia para cuando vuelva ;)



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25 de julio de 2014

Una postal desde aquí mismo

Quedan pocos días para las ansiadas vacaciones de varias semanas, que este año me llevan a un continente hasta ahora muy poco tocado por mis pies, prácticamente nada y en este blog sin testimonio alguno: América. Perú!! 

Un plan de altura, montañas enormes, arqueología impresionante según dicen, también algo de desierto y fauna... En fin, contaré y mostraré con alguna imagen mi camino a través de la página de Facebook, cuyo enlace tenéis en la esquina superior de esta página... y a través de Twitter e Instagram. 
Siempre que haya wifi y mi espíritu quiera. Éste año estoy pensando en guardar más momentos para mi, pero ya veremos qué pasa en caliente :)

La ilusión del viaje empieza a apoderarse de mi, aunque si he de seros sincera, aún tengo unos cuantos quebraderos de cabeza que resolver aquí en la tierra, en la que me muevo todos los días, eso que llamamos trabajo y que a veces es una carga difícil de llevar. Pero como yo no escribo aquí para contaros mi vida, ni mis amarguras, sino para inspiraros, o para acercar el mundo a los que no pueden salir a conocerlo aunque quieran... no sigo por ahí.  


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A todos y todas los que me leéis, espero que disfrutéis de un buen verano, si es posible con algo de relax y en cualquier caso siempre con algo de tiempo para fijaros en lo que hay y ocurre a vuestro alrededor. 
Porque sí, es cierto que no hace falta irse al otro lado del mundo para entender que la vida es bella, o curiosa, o apasionante, o divertida. No hace falta irse muy lejos para disfrutar. 

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Pero sí hay que prestar atención a lo que nos rodea, porque si no, no nos daremos cuenta. No basta con pararse a decir lo anterior, hay que tomar una postura. Si sales a andar para controlar el colesterol o bajar unos kilillos, fíjate en las florecillas del camino, o en las pintadas del muro por el que pasas todos los días (a ver qué dicen, a ver qué colores tienen), o en las escenas que se suceden por el camino y que probablemente serán cada día diferentes. 
Si podéis, escapaos al campo y dedicad una noche a mirar a las estrellas, a soñar, a contemplar cómo una estrella fugaz se cruza en vuestro campo de visión. 

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Y si podéis... sí, viajad lejos. Porque aunque no sea imprescindible para entender y vivir la vida en su lado positivo, sí sirve para completar esa comprensión, también para conocer de primera mano que el mundo es mucho mejor de como nos lo pintan en los telediarios, que allí hay gente que vive y siente como nosotros aquí, aunque se vistan de otro modo o recen de otra forma, o coman cosas distintas. 

Gente buena. 
Naturaleza que hay que cuidar. 
El pasado de la Humanidad de la que formamos parte. El presente del que formamos parte. 

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Así que si os lo podéis permitir, viajad. Si no, no os preocupéis, llegará el momento, y entre tanto, disfrutad de lo que tenéis cerca que también lo merece. 

Un besazo (eh, el próximo lunes habrá nuevo post y no, todavía no me he ido, ji, ji). 

Ali
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21 de julio de 2014

MAN, el Arqueológico renovado

Ubicación: Museo Arqueológico Nacional, 28001 Madrid, España


Delicadas estatuillas de la edad del bronce, la antigua Roma, Al-Andalus, y por supuesto las civilizaciones egipcia y griega... 
Impresionantes mosaicos romanos, techos mudéjares completos, portadas románicas.

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El Museo Arqueológico Nacional, el "museíto" que antaño recorriera más de una vez con las excursiones del colegio y también con mis padres en los domingos de otoño o invierno, ya no está

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Siempre fue un museo muy querido para mi. El sitio donde "veía" las lecciones de Historia que más me gustaban: la Prehistoria, los misteriosos íberos, el Antiguo Egipto, Grecia, Roma. 


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Porque claro, aquí no se habla de la Arqueología de otros muchísimos rincones del mundo y seamos francos, muy poco en las lecciones de Historia de los sucesivos cursos y ciclos, donde se empeñaban una y otra vez en dar la vuelta y empezar de nuevo, y no se llegaba nunca  a hablar de Angkor, o de la Isla de Pascua, o de las iglesias de Lalibela, y se tocaba de pasada al Imperio Azteca por aquéllo de la "conquista" española, por poner un par de ejemplos. 

Pero muchos recuerdos acompañan al nombre del Museo Arqueológico, y siempre con una sensación de bienestar. 

El Museo no se ha ido, sigue ahí, pero ahora con una cara y cuerpo nuevos, totalmente nuevos. 

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Ahora es un flamante museo moderno y acorde con los tiempos de los museos: más visual, más interactivo, quizá más educativo que antes. 

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El caso es que en una breve visita, ya que sólo faltaba 1 hora y cuarto para el cierre (a las 19.45 h empiezan a desalojar), me colé -no me cobraron la entrada- y recorrí con cierto apresuramiento el espacio, con la cámara. 

Sí, se puede hacer fotos, las que queráis y con el dispositivo que queráis aunque el flash dejáoslo en casa por favor. 


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El vestido en el que se ha envuelto a la colección de piezas del MAN es precioso


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Líneas sencillas, patios luminosos, madera y blanco, luces... todo hace que te sientas en un museo del siglo XXI, en el que la exposición brilla por derecho propio. 


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Las piezas en su gran mayoría están presentadas con elegancia, dándoles el protagonismo que se merecen, limpias. 

En muchas ocasiones muy cercanas, dado que no hay vallas ni vitrinas de por medio (aunque no se pueden tocar, ojo!). 


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Y... no sé si es porque hacía mucho tiempo que no iba por allí, o también por lo que he leído antes de ir, pero una parte de la colección es inédita para el público. Es decir, dormía en los almacenes del museo y ahora por fin se muestra. Un nuevo aliciente para visitarlo. 


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Además, hay exposiciones temporales y seguramente con el cuidado con que están haciendo las cosas serán más que interesantes. 


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Recorriendo las primeras salas, las que nos hablan de la Prehistoria, la Protohistoria... me encontré sorprendiéndome por la cantidad de preciosas estatuas, cerámicas y otros restos encontrados en la provincia de Cáceres. 

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La colección de damas ibéricas parece que ha aumentado con preciosas estatuas que al menos yo no recordaba haberlas visto nunca. La Dama de Elche sigue mostrándose como la "reina" que es, pero quizá empalidezca un poco con la competencia que la rodea ;)


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Asimismo tuve un flashback muy potente al encontrarme ante una vitrina en la que se contextualizaban algunos objetos con el tipo de asentamiento en el que habían sido encontrados en La Mancha. 


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El dibujo era muy muy parecido a los ringforts que estuve visitando en Irlanda hace un par de años y que tanto me gustaron. 




Ir andando y al cruzar una sala encontrarte rodeada de mosaicos del suelo al techo es sencillamente impresionante. ¡Con lo que me gustan a mi!!

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Las salas dedicadas al arte árabe y mozárabe son igualmente preciosas, con portadas de edificios, cúpulas perfectamente instaladas, pequeños y grandes tesoros que nos dejaron los siglos de guerras, convivencias y guerras de aquélla Península Ibérica. 

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Sólo me quedo con una pequeña sensación de decepción: las salas de Egipto y Grecia están muy a desmano. Última planta, a mano derecha y muy al fondo. Un poco oscuras, quizá un poco "apiñadas"... Junto a las áreas dedicadas a la Edad Media y la Edad Moderna. Si no recuerdo mal, dos pisos más arriba de la continuación lógica si hablamos de épocas históricas.

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¿Por qué? Supongo que es porque estas dos civilizaciones llegaron a la Península más de forma indirecta que directa. Porque no hay muchas o ninguna pieza arqueológica procedente de España. Y este museo tiene la vocación de centrarse en los tesoros de este país. Es decir, ha querido priorizar el viaje por "nuestra" historia. 

Pero por otro lado Grecia y Egipto son claves en la cultura del Mediterráneo, y por tanto también de la nuestra. Siempre presentes en las lecciones de Historia de las escuelas -buenos clientes del museo al fin y al cabo-, tienen un lugar muy importante en la fascinación y atractivo que tenemos hacia la Arqueología. 

Vale, lo entiendo, incluso me parece razonable, pero aun así me chirría ése salto en el tiempo tan extraño al separar y distanciar físicamente, tanto, la colección. Tampoco me gusta esa sensación de que están arrinconadas, y finalmente no me parece didáctico.  

De todas formas, quizá no sea definitivo este emplazamiento porque las obras en el edificio continúan, aunque no sé si afectan sólo a la fachada principal o también al interior (si queda algo cerrado al público). Con el tiempo lo sabremos. De momento... ¡¡A disfrutar de este flamante museo, que lo merece de verdad!! 

Consejo: planead una visita de unas dos horas y media, y si queréis además disfrutar de un rato sentados en uno de los patios o tomando algo en la cafetería, o curioseando en la pequeña tienda, añadidlo a ése tiempo. O bien volved las veces que sean necesarias, je, je, algo que yo desde luego pienso hacer.  

El museo se ubica en la Calle Serrano, muy cerca de la Plaza de Colón y la Puerta de Alcalá.  

La entrada general es de 3€ y la reducida de 1,5€, aunque los sábados a partir de las 14 h y los domingos por la mañana es gratuito. 

Hay paneles en braille en todas las salas. 

Podéis bajaros la app del museo, que se llama MAN, y hacer la visita guiada con vuestro propio dispositivo y cascos. Está muy bien!
También se están organizando conferencias, charlas y talleres de manera periódica, así que os dejo el link de la web: MAN


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