20 de abril de 2015

Muscat, esa ciudad

Ubicación: Mascate, Omán



Después de toda una noche volando y corriendo en el tránsito de Dubai, llegamos a Mascate o Muscat sin mayor novedad. 



La coqueta terminal nos esperaba con su estilo árabe, y los trámites de visado (10 días, 5 OMR) y cambio de divisas fueron rápidos y fáciles. Como ya os he dicho en otra entrada, no cambiéis mucho dinero aquí porque os darán peor cambio que en la ciudad, pero sí al menos para el taxi al centro (otros 10 OMR) y los primeros gastos de comida y demás, sobre todo si llegáis en viernes (festivo). 


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La terminal estaba repleta de hombres vistiendo sus dishdashas blancas y kummas bordados, que no son otra cosa que los gorros típicos con forma de casquete originarios de Zanzíbar... o bien lucían sus turbantes, pequeños en comparación con los que he visto en otros países árabes. 


Muscat-11También había hombres con ropas paquistaníes y rasgos indostaníes. 

















Prácticamente todo hombres
Las mujeres salen de la terminal fugazmente, casi no se las ve, bien cubiertas y andando con prisa. 

También somos prácticamente las únicas extranjeras. 

Un poquito cohibidas, con muchas miradas que aún no sabemos interpretar centrándose en nosotras, pero felices de estar "allí" y expectantes ante el nuevo viaje, con esa sonrisa boba que se le pone a una cuando comienza a hacer realidad un sueño, nos dirigimos a la caseta donde se compran los tickets para coger un taxi e ir a la ciudad. 


Tenemos una dirección clara, un hotel, y eso siempre ayuda y da confianza. 

En menos de dos minutos estamos montadas en el coche y somos conducidas por una moderna autopista bajo un sol espléndido y un cielo azul que contrasta vivamente con las construcciones blancas. Parece que todo aquí es azul y blanco. 
Empezamos bien :)


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Al volante, un omaní sonriente de mediana edad que enseguida nos pregunta de dónde venimos, por supuesto menciona al Real Madrid al saber que somos españolas, si venimos por vacaciones o negocios...  y nos va señalando amablemente algunos hitos del camino: la mezquita del Sultán Qaboos -excusa perfecta para alabar sus virtudes-, ministerios y embajadas, y poco más recuerdo. 
Un trayecto que fue como un sueño, ávida de detalles y a la vez cansada del viaje. 


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Tras unos 25-30 minutos, estamos en Mutrah, el barrio céntrico de la capital donde se encuentra el zoco, el paseo marítimo, y un buen puñado de callejuelas que se abren paso de manera intrincada entre las antiguas casonas hoy abandonadas por los omaníes. Casonas de ventanas y balcones con celosías, de 3 y hasta 4 pisos, con puertas de madera labrada preciosas. 

Nos alojamos en el Mutrah Hotel, reservado por Internet. No lo sabíamos, pero resulta que es el primer hotel de Omán, construido en 1970, cuando el país se abrió al mundo. 
El personal de recepción en ese momento es indio y muy muy amable... Amabilidad que no cambió en toda nuestra estancia. Nos ofrecen mostrarnos una habitación y si no nos convence, buscarnos otra, y todo unas horas antes de las 14 h. que es cuando teóricamente se puede hacer el check in. 

Las habitaciones son limpias y muy grandes y con un wifi que funciona bastante bien. Enseguida nos sentimos a gusto allí pero no queremos más que refrescarnos un poco y salir a patear la ciudad, lo que la mente y el corazón nos pide. 


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Vistas desde nuestra ventana. Más allá de la mosquitera se adivina una ciudad que parece una antigua villa de pescadores... 


Son las 12.30 p.m. y el sol cae a plomo. 
Las calles aparecen prácticamente desiertas, los cierres de las tiendas echados, y no llevamos más de 2 minutos andando cuando suena la llamada a la oración, que empieza en una mezquita a nuestra izquierda para continuar un minuto después en otra a nuestra derecha, y después se multiplica en otra más alejada. Es una cadena de canto, una retahíla que a mi siempre que la oigo y en especial nada más llegar, me pone la piel de gallina y me emociona un pelín. ¡Bienvenidas a Omán! 


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Parece que estamos en una película de ciencia ficción en la que las protagonistas llegan a una ciudad anormalmente vacía aun siendo pleno día. No hay tráfico, salvo algún coche esporádico, ni gente, salvo algún que otro hombre indio u omaní. En estos momentos es cuando te acuerdas de los turistas que en tu país recorren esforzadamente los sitios a pleno sol en el mes de Julio o Agosto, mientras tú piensas "están locos estos romanos". 




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En 10 minutos llegamos a la puerta del zoco. Como en Irán, está cubierto y luce oscuro a estas horas de descanso... horas, y además día, porque es viernes!! 


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Nos fijamos en que hay muchas, muchas fotos de todos los tamaños del Sultán Qaboos. 


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También muchas cintas con banderitas de Omán.

¿Pasará algo, o es siempre así? ¿será el cumpleaños del sultán? Resolveríamos el misterio al día siguiente, con Amur, el guía con el que habíamos quedado para hacer varios días de tour. 

Como ya os conté en el post de primeras impresiones y consejos de viaje a Omán, el sultán estaba a punto de volver de Alemania tras unos meses de tratamiento en una clínica, por un cáncer, así que se estaban preparando para la fiesta de bienvenida en la que mostrarían su alegría por el retorno. 

Decidimos dejar el zoco para después y rodearlo por el exterior caminando por las calles, hasta encontrarnos con el mar. 
Nos perdimos por un rato, distraídas por las casas, los detalles, las señales de tráfico con sus particularidades... 



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... hasta que nos topamos con una especie de antiguo palacete y una torre de vigilancia encaramada a un risco por encima de nosotras. Teníamos que decidir en qué dirección seguir, y no nos poníamos de acuerdo así que al ver a un hombre con su hijo, le preguntamos y muy amablemente nos indicó la correcta. 


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Enseguida llegamos al paseo marítimo de Mutrah


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Ah! el minarete y cúpula de una preciosa mezquita revestida de azulejos donde dominan los azules, destaca sobre algunas casas antiguas encaladas. 
Me vinieron a la mente las ilustraciones de la leyenda de Simbad el Marino, y las de Las Mil y Una noches, así que no hace falta que os diga lo bonito que es y la impresión que me causó ;)


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Parecía que estábamos en ese escenario de sueños y leyendas de amor, emires y sultanes, harenes, riquezas, envidias palaciegas, sedas, incienso, y los elementos modernos apenas estorbaban por la quietud del ambiente.  


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Nos asomamos a admirar las limpias aguas y mis ojos no dan crédito... ¡hay un montón de peces tropicales perfectamente visibles! sí, ahí, en un puerto urbano en el que atracan los cruceros que vienen del Golfo! 


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Casi en el centro de la bahía, por cierto, estaba anclado un dhow


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Tradición y modernidad en el puerto de Mutrah


Los dhow eran los barcos que en la Edad Media surcaban el Índico aprovechando los vientos del monzón para comerciar con especias, sedas y todo tipo de artículos en India. Ya no lucen las velas triangulares que les caracterizaban, sino que van a motor y son barcos de recreo, pero aun así son dhow. 

Su Ruta discurría paralela a la de la Seda, y proveía de especias necesarias para la conservación de alimentos a medio mundo occidental incluida la Antigua Roma. A cambio, de aquí salían barcos cargados con, sobre todo, incienso... y maderas de las costas africanas. 


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Hace poco leí en un libro escrito por un viajero español que estas rutas marítimas no fueron descubiertas y utilizadas hasta la llegada de los europeos. Falso. Los árabes ya lo hacían mucho antes, al menos desde el s. XII, y los europeos, en este caso portugueses, tardaron mucho aunque cuando llegaron se llevaron el gato al agua como se suele decir, imponiendo su presencia y fuerza y haciéndose con el comercio de las preciadas especias. Fue el principio de la "era oscura" del sultanato de Omán. También por eso Colón buscó una nueva ruta para tratar de encontrar lo mismo, el comercio de especias. 


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Pisamos por tanto una costa que ha visto mucho, que se ha nutrido de muchas historias, de muchas gentes venidas de los continentes cercanos: África y Asia.

Su cultura está impregnada de todo ello, tanto en la cocina como en el idioma, e incluso en los rasgos físicos (una parte de los omaníes tienen claros rasgos africanos) y en su vestimenta, como el kumma que tanto me gusta.


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Decidimos comer por allí... andamos y desandamos el paseo en busca de un sitio, a ser posible terraza, como los dos que habíamos visto junto a la estación de autobuses y el zoco. 

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Señores omaníes descansando en la sastrería. Amablemente accedieron a que les hiciera una foto. 


Queríamos evitarlos porque ahí se concentraba el puñado de turistas que también andaba por allí, pero al final nos rendimos porque el resto de opciones parecían cerradas o demasiado vacías para ser atractivas. 
No nos arrepentimos, ya que aunque nos costó unos 6 € cada una, nos tomamos una deliciosa limonada con menta fría y un "sandwich"  de shawarma de pollo, así como una ración de patatas fritas, y todo estaba bastante bueno. Nos vino muy bien, pues los 30ºC y la noche en blanco estaban haciendo mella. 


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Tras ello, decidimos andar por las callejuelas viejas que desde hacía un rato nos llamaban por su atractivo decadente y romántico. 


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De nuevo se trataba de un escenario semivacío en el que podíamos curiosear y hacer fotografías con total libertad sin miedo a que nos mirasen o alguien se sintiera molesto. 


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Siesta time

De vez en cuando nos cruzábamos con alguien, e incluso un par de chicos indios o bangladeshíes me pidieron que les hiciera una foto, primero con mi cámara y después con su propio móvil. Intercambiamos sonrisas y agradecimientos mutuos y continuamos, alucinando con las fotos del sultán y las banderas por todas partes. 


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Empezamos a sentirnos muy cansadas, pero nos resistíamos a dejar aquello y meternos en el hotel así que decidimos coger un taxi y acercarnos a Old Muscat, el antiguo enclave de la ciudad del que quedan muy pocos restos originales. 


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Para ello nos dirigimos a la parada de taxis que hay junto a la puerta del zoco. 
Los conductores esperan a sus clientes sentados cómodamente en sillas de playa. Desde ellas llaman a todo aquel potencial cliente para ofrecerle sus servicios. 
Habíamos pasado ya varias veces por delante y ya nos daba un poco la risa porque todas las veces uno de ellos nos ofrecía "taxi" y a todas les había respondido yo con un la, la, shukran ("no, no, gracias"), y ellos se partían de risa.  
Además verles ahí como señorones nos parecía que tenía un punto muy gracioso. Parecían más bien señores de Cádiz o Málaga tomando el fresco en las horas de calor. 


Esta vez iba a ser que sí, y tras un regateo paciente conseguimos que nos bajaran la extraordinaria cantidad de 5 OMR a 2,5 OMR -que ya es bastante, unos 6 €!!- antes de subirnos al taxi. 
Uf, qué duros son!! Seguro que en microbús hubiéramos pagado diez veces menos, pero no se veía ninguno (la calle seguía vacía, la pausa del mediodía y más en festivo es de entre 3 y 4 horas!). El trayecto era de unos escasos 10 minutos. 



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Por el camino, las glorietas adornadas con estatuas como esta nos hacen esbozar una sonrisa. Me acordé mucho de Jordi Esteva y su libro Los árabes del mar. 


En Old Muscat se erigen las fortalezas de la capital, guardando la pequeña bahía de los posibles ataques de los piratas.  No son visitables porque aún son utilizadas como cuarteles militares, pero pueden admirarse desde las calles inmediatas. 


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Además está el palacio del sultán. Enorme, es un gran complejo de edificios nuevos pero preciosos. 


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Tras un paseo que cada vez costaba más hacer y sin que el calor nos diera una pequeña tregua, decidimos coger de nuevo otro taxi al vuelo, y pagando 3 OMR por no discutir en plena carretera, nos llevó al hotel.



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Obras en un edificio nuevo de Old Muscat. Todos los empleados del gobierno visten con un mono azul, en todo el país. 



Nos echamos un par de horas en la cama superando la mala conciencia de "perder el tiempo" cuando estás empezando un viaje y en un sitio que te está gustando, pero como dice una amiga "No hay dos cuerpos", y al fin y al cabo lo más inteligente era hacer lo que hacen ellos a esas horas, la siesta.

Volvimos a salir cuando ya era prácticamente de noche. El sol se pone, en primavera, a las 18.30 h. 


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Mutrah había cambiado. Tiendas abiertas en el zoco, gente por las calles, incluso mujeres! 


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Ahora sí, recorrimos el zoco entreteniéndonos, observando qué hacían, qué vendían... la locura de los carteles iluminados, los vestidos de colores y lentejuelas fastuosos en las tiendas de los sastres que ahí estaban concentrados en su tela, cosiendo o planchando. Vestidos que seguramente son para las bodas y fiestas privadas. 


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El incienso se quema y expande su fragancia para atraer a los compradores del mismo, pues allí es un artículo de uso diario. 
Los perfumes también flotan en el ambiente, al paso de hombres y mujeres, y huelen tan bien...! 
Al pasar delante de la panadería, el aroma del pan recién hecho nos hacía salivar... 
En definitiva, un festival para los sentidos. 
  


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Algunos comercios son auténticas cuevas de Alí Babá



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Cenamos un riquísimo hummus y alguna cosa más, ya no recuerdo, y terminamos la noche con un breve paseo por el Marina Drive, si bien de nuevo notamos cómo el cansancio nos vencía. 


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En conjunto teníamos la sensación de haber pasado un día perfecto en Mutrah, y yo personalmente estaba feliz de estar allí. 

  
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Al día siguiente Amur nos esperaba a las 8 a.m. en la recepción del hotel. Por fin nos conocíamos en persona!! 
Primera sorpresa, resultó ser un omaní de 29 años cuando nosotras nos lo habíamos representado en la cabeza como un adulto de al menos 50 años, ja, ja. 

Nos subimos a su flamante nuevo 4x4 y comenzamos el día visitando la Gran Mezquita del Sultán Qaboos. 


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¿Merecía la pena? yo me lo preguntaba, aunque había leído que sí... aparte de ser la única mezquita visitable de todo Omán. 



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Me dejó con la boca abierta. Realmente preciosa. Descalzarse y pisar los maravillosos mármoles traídos de Italia y perfectamente pulidos, y las alfombras persas enormes y tejidas a mano en Irán -probablemente Shiraz-, de una sola pieza, fue un verdadero placer. 

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No, no es un sitio hortera ni fastuoso en ese sentido... es simétrico, limpio, sencillo, fino, con gusto. El mismísimo Sultán la diseñó y escogió todos los detalles. Well done!! 



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En la sala de oraciones principal, donde los hombres pueden rezar (las mujeres lo hacen en una contigua, como en todas las mezquitas), grandes lámparas cuelgan del altísimo techo, destacando la del centro que es realmente enorme. Y tampoco resulta hortera, de hecho es preciosa y os aseguro que no me gustan las lámparas de cristal!! 


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Para finalizar entramos en la pequeña librería-tienda de la mezquita, regentada por una mujer que nos invitó a un café, dátiles (nuestro primer café con dátiles, yo estaba emocionada), y nos instó a que le preguntáramos sobre lo que quisiéramos de su país, incluidas las mujeres. 

Lo aprovechamos, claro, y le pedimos que nos dijera cómo es su día a día... un discurso perfectamente elaborado se desgranó de su rostro amable: Las mujeres ocupan hoy el 60% de las plazas universitarias, pueden trabajar, conducir, y ser bastante independientes, aunque también son amantes de la familia y los hijos. 
Creo que era un discurso bastante oficial, pero también es cierto que ella demostró en todo momento una gran carga de energía, decisión y carácter. De esas mujeres que se quedan en la memoria y te dejan con ganas de conocerlas más.   

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Esa noche, al volver de la excursión por las montañas de Jebel Shams, volvimos a disfrutar de un buen rato de zoco, del paseo marítimo, y de una cena en la terraza del hotel Marina (frente al zoco de pescado que actualmente está en obras) desde donde ver toda la bahía y sus luces de colores, mientras escuchábamos cómo la última llamada a la oración del día se iba multiplicando mezquita a mezquita. Os dejo un vídeo con el momento...  






Creo que fue la comida más cara que pagamos en todo el viaje, consistente en pescado a la brasa y arroz, pero el lugar lo merecía. 

Este es el último recuerdo que tengo de Mutrah, ya que después sólo iríamos muy de paso hacia el aeropuerto. 
Un recuerdo maravilloso ¿no creéis? 

Desde luego si vais a Omán, reservad al menos un día completo para la capital y en especial para Mutrah. 


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